El 2025 del fútbol misionero se conformó con que la pelota ruede
Lo que comenzó como un año histórico con el ascenso de Mitre terminó desnudando las falencias estructurales, la desidia dirigencial y la precariedad de nuestras ligas. Entre canchas con tacurús, arbitrajes dudosos y crisis económica, el fútbol regional desperdició la vidriera del Federal «A» para profesionalizar sus bases.
El primer domingo de 2025, el 5 de enero, el estadio Clemente Argentino Fernández de Oliveira recibía la revancha del duelo entre Guaraní Antonio Franco y Bartolomé Mitre, por la cuarta ronda de la Región Litoral Norte del Torneo Regional Federal Amateur 2024/2025. El 3-1 en favor del auriazul de Rocamora en la ida —donde fue local el 22 de diciembre anterior— inclinaba los pronósticos para los dirigidos por Miguel «Pico» Salinas, aunque el pueblo franjeado mantenía mínimas esperanzas.
El pasaje de Mitre, que ganaría 2-1 aquel primer domingo del año, se coronaría un mes después con la goleada en Santiago del Estero ante Acción Juvenil de General Deheza (Córdoba), logrando el ascenso al Torneo Federal «A». Así, después de una década, la provincia y el fútbol misionero volverían a tener dos representantes en la tercera división del fútbol argentino.
En la previa al comienzo del Federal «A», se hablaba de la gran posibilidad del fútbol misionero para despegar: usar como vidriera a Mitre y Crucero del Norte para relanzar la importancia de las ligas federadas en la Tierra Colorada y el Torneo Provincial, generando así mayor interés propio y ajeno. Todo un sueño.
Pero todo sueño tiene su fin. Habrá sido el despertador, el canto del gallo, el sol que se cuela por la ventana o la madre que despierta al niño para ir al colegio; lo cierto es que el fútbol misionero no tardó mucho en chocar con su realidad.
La mala campaña de Crucero del Norte inclinó todas las expectativas y el acompañamiento hacia Bartolomé Mitre. El hincha dejó de recorrer los más de diez kilómetros hasta Santa Inés para ir al Tiro Federal. Pero no todo fue perfecto: pese a pelear hasta la última fecha de la Etapa Clasificatoria para avanzar a la Zona Campeonato, el auriazul no pudo encontrar la manera de llenar su estadio.
La Fase Reválida sepultaba al Colectivero de Garupá partido tras partido, pero a la vez agrandaba la imagen de Mitre, que con una gran campaña sellaba su permanencia en la categoría.
En las ligas federadas, el renacer del fútbol misionero no fue ni parte del sueño. En la capital, de donde proceden los dos equipos del Federal «A», la Primera División «A» se jugó con veinte equipos repartidos en dos zonas y una promesa de reducir las plazas al año próximo. De esos veinte, solo dieciséis tenían cancha habilitada para ser locales. Y decimos «habilitadas» porque así lo quiso la Liga Posadeña de Fútbol: si el reglamento y los requisitos hubiesen sido los mínimos, la mitad no debió autorizarse. Canchas sin vestuarios, campos de juego casi sin césped y otras condiciones deplorables fueron pasadas por alto ante la necesidad de que la pelota ruede.
¿El ascenso? Con una Primera «A» superpoblada, el ascenso posadeño también vio crecer sus plazas y el número de canchas «habilitadas». Hasta los tacurús fueron permitidos en algunos casos.
¿Se realzó el valor del fútbol posadeño de esta forma? No, para nada. Hubo muchas suspensiones por lluvias (quizás el único factor del que no se puede culpar a nadie) y constantes amenazas de demandas o protestas por jugadores mal incluidos, de las cuales solo el 15 % pasaron de ser quejas de pasillo a reclamos formales. Los arbitrajes fueron pésimos, no por mala fe, sino porque algunos jueces incluso desconocían el reglamento. Directivos de clubes recibían con honores a sus rivales, pero si el resultado no era el esperado, los insultaban y hasta los agredían. Claro que, en la reunión de la Liga, «lo pasado pisado» y todos callados. Total, que la pelota ruede.
Los problemas arbitrales y dirigenciales no se dieron solo en la capital. La Liga Apostoleña de Fútbol volvió a ser protagonista de denuncias cruzadas. En la cancha se intentaba aplacar el fuego de una liga que lleva más de una década con problemas, pero a la hora de la denuncia formal y de buscar el cambio en los votos, los mismos de siempre siguieron al frente. Entonces, ¿estamos todos locos y nos gusta el puterío, o tenemos miedo al cambio, a la confrontación y al compromiso? Claro, mientras el provecho no sea propio, que todo siga igual.
Las ligas regionales de Iguazú y Eldorado tampoco escaparon del caos. En la ciudad de las Cataratas se siguen preguntando por qué su liga es considerada la peor de la provincia, cuando sus equipos demuestran buen fútbol al jugar el Provincial o el Regional Amateur. En el Alto Paraná, los domingos a la noche las amenazas son muchas, pero en la reunión de comité todo es color de rosa. O lo era: el único que tomó una decisión radical se fue de la liga. Situaciones parecidas se dieron en la Liga del Nordeste —quizás la de menor difusión mediática—, la Regional de Puerto Rico y la Regional Obereña.
Ninguna de las siete ligas escapó a los escándalos. Algo es cierto: en todas, las denuncias de «pichados» eran gritos de domingo por la noche que luego quedaban en nada. Esas actitudes fueron cómplices de que el fútbol local se fuera desvaneciendo. En las ligas más grandes, como la posadeña, no todos los participantes llegaron al final; los problemas económicos y los malos resultados obligaron a algunos a renunciar.
¿Y el futbolista misionero? Se quedó con las ganas de mejorar. Solo los jugadores de Mitre se pudieron mostrar; el resto estuvo sujeto a torneos de poca seriedad, donde solo el amor por el deporte mantuvo a algunos en pie.
Así, el 2025 arrancó con un ascenso y la tercera división con dos misioneros, pero se despide con ligas que no supieron sacarle provecho a la situación, que no pudieron ser sustento de sus propios clubes para evitar deserciones y que se preocupan más por convenios con ciertos sectores.
¿Fue todo malo? No. Por fortuna, el interés propio de los clubes mantuvo el fútbol misionero andando. Sigue siendo el fútbol infantil y sus ingresos los que mantienen a las categorías mayores en la mayoría de los casos. En otros, las ganas de jugar y poner dinero del propio bolsillo fue lo único que mantuvo la pelota girando.
Porque no importa si arrancamos veinte y terminamos quince. No importa si un semifinalista se va por un fallo. No importa si tenemos una docena de nuevos árbitros pero siempre recurrimos a los más viejos porque al menos conocen el reglamento. No importa si la cancha tiene tacurús, le falta pasto o el vestuario es la sombra de un árbol. No importa si las ligas informan lo menos posible para evitar dar explicaciones. No importa si el interés del público es tan bajo que nadie puede subsistir de la venta de entradas.
Y no hablemos del fútbol femenino, el infantil y el futsal, que tuvieron sus dramas aparte.
No importa. Lo que importa es que la pelota ruede.
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